Munich es una de las capitales de Europa de fundación más moderna, y sin embargo, muy pocas le igualan en el aspecto, majestuosamente venerable.

En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas, Munich se componía de un puente sobre el Isar, con algún caserío y un fuerte convento. Forum ad Monachos la llamaban entonces, y de aquí su nombre actual, München (Monje), y el fraile que figura en su escudo de armas, y los pequeños y graciosos encapuchados que se ven en todas partes como símbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras de las braserías.

Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa esto que sus habitantes, morenos, católicos, habladores y ruidosos, que hacen de la Baviera una especie de Andalucía alemana, formen una democracia intelectual y refinada como la ateniense. Aquí los verdaderos artistas han sido los príncipes—simpáticos desequilibrados que se entregaron al culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía—, y el buen pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus deseos.

La pintura, la poesía y la música han sido las grandes manifestaciones de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, á los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner figura en todos los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas, acompañando á monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos fueron superiores á los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y escultores que desde los tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado), contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad.

Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera trabajaron sin descanso. Su manía de embellecimiento no les dejaba dormir. El demonio de la construcción turbaba sus días con nuevas sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta á intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico silbado en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á ser á modo de un virrey, derrochando la fortuna pública en la erección de extraños teatros y organizando misteriosas representaciones que sólo presenciaba el monarca. Éste era casi un actor, bajo las órdenes de su amigo Wágner, imperioso artista contra el cual gruñía el pueblo, próximo á sublevarse como años antes se alzó contra Lola Montes. El entusiasmo dilapilador del abuelo por la bailarina española, reina bávara de la mano izquierda, lo sintió el nieto por el autor de El anillo del Nibelungo. No existe más diferencia entre ambas pasiones que el amor físico regaló joyas y dejó como única huella un gran escándalo histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos, haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época.

Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la música, se dedicó á filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus dos dioses eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una religión, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoración de la soberbia belleza.

Cristo y Apolo fueron también los dioses de los soberanos bávaros, y todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el dominio de este pueblo.

Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos veinte templos que son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de un origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad iluminando al mundo», de Nueva York; el palacio de la Residencia; los varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla discretamente el mármol ambarino de las estatuas clásicas, y se exhiben fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares helénicos. La columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de los palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeños cuadros de figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables, cortado á trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides.

Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas horas el choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los reyes debió constituir su gloria y su suplicio.

El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y la noble armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de una sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas capas de sucesiva formación que va secretando el paso de las generaciones.