El aspecto monumental de Munich—una vez desvanecida la primera impresión de asombro por lo grandioso de la obra—causa igual efecto que esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que la memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos sonidos.

—Esto no es nuevo—se dice el viajero al contemplar la ciudad—. Todo me parece haberlo visto en otras partes.

Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en esto consiste su mérito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas é indecisas. Pero ¿y los otros monumentos?

Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo en la memoria imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El aire de familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que nos parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos. Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles enormes, ante la Residencia, son hijos de los mástiles de la República en Venecia, y así todo.

Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento, animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son palomos «traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de mármol de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina junto al Arno.

Munich no tiene de original más que dos cosas: la cerveza y la música.

Las famosas braserías de estilo germánico, con sus frontones agudos, rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes y torrecillas salientes, valen más que todos los templos griegos que llenan las plazas de Munich.

De la música ya hablaremos. La capital bávara está celebrando, en estos momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa á ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente, para presenciar el paso de los que van á escuchar El anillo del Nibelungo, lo mismo que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcalá en un día de toros.

Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el punto de que sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra.

¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son notables reproducciones del arte griego: la sabiduría artística luce en ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se muestra azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron en la tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez.