El mármol en el país del sol se dora en el curso de los siglos, tomando el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos cuantos años, se ennegrece, con una opacidad antipática de ceniza de carbón.

Los dioses olímpicos, los héroes coronados de laurel y ligeros de ropa, parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de frío. El rojo griego del interior de las columnatas se destiñe con las lluvias. Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.

Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza.

IX
El Festival Wágner

Un periódico satírico de Munich publicaba hace cuarenta años una caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le tenía alojado el rey Luis II de Baviera.

—Voy al teatro—decía el gran maestro—y de paso entraré en palacio á dar un golpe á la caja del amigo Luis.

Nunca se ha conocido una protección tan generosa como la que el monarca bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II tomó el carácter de una locura. Este rey virgen, que creaba en su palacio de la Residencia una galería de bellezas célebres, y sin embargo, prohibía que asistiesen damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón, pero Nerón tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su majestad.

Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á Baviera, y sin embargo, el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que, en fuerza de excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al mismo tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera.

Por él vienen todos los años aquí, en artística peregrinación, los intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas partes. Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial cantante, aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular recuerdo.

Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner. El monarca, llena la mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas hazañas ponía su amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa orquestación, apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y hasta sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y antiartísticos. Los cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos por él, vestido como un gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas del lago Stanberg cruzábalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en la proa, y grandes paños de escarlata arrastrando sobre la estela. Durante las noches de invierno, corría los campos de nieve, en veloces trineos con luces eléctricas, pasando entre resplandores como una aparición fantástica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa Gruta Azul del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin, paseábase erguido sobre un esquife de nácar. Un día acabó este ensueño, ahogándose el simpático perturbado en una laguna del castillo de Bergi.