—Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos así—dice el maestro sonriendo.

Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.

En Praga, con el estreno de Don Juan, empieza para él la celebridad. Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce igualmente la muerte siguiendo sus pasos.

Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro, le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.

Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á escribir la famosa Misa de Requiem convencido de que se estrenará en sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.

Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas antes de morir. Al llegar al Lacrimosa, su voz se cortó con un gemido.

—¡No, no puedo más!

Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al fin, podía dar expansión á su dolor.

Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba sobre Viena un verdadero diluvio.

Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena, algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería, agradecida á Mozart por su Cantata de los fracmasones, que aun se toca en muchas logias.