El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo, diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.
Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.
La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El Mozarteum contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro: instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.
Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del Don Juan.
XI
Viena la elegante
Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses, bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes: aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una pluma ó un grupo de flores silvestres.
Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses, únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.
La tirolesa, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas. En el Theresien-Wiese, de Munich, extensa explanada frente á la estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas de nieve.
La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el Fausto. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos públicos.
El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal. Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles, hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de ópera.