En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles, abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos tedescos manejaban como ángeles sus instrumentos.
Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía minuettos originales para cada baile que se celebraba en Viena, y Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el famoso Congreso de 1815.
Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora, resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo el mundo piden el último tipo de elegancia. Modelo de Viena, dicen en los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.
Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad, raramente usan corsé.
Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente de España ó de Italia.
Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son superiores por la variedad y el número.
Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y europea. Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena. Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los tzíganos ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y romanicheles que vagan por Europa.
Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.
El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se reflejan en el teatro y la novela.
El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.