En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables. Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las láminas de un periódico de modas.

Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo, Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...

La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.

—Viena...—decía con indignación—. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El lugar más corrompido de la tierra!...

Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón imperial, con todas sus decepciones y protestas.

En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre paseo, en el Wurst el Prater ó «Prater del Polichinela», el buen pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza, esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.

XII
El subterráneo de los emperadores

El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón Imperial. Estoy en la sacristía del Capuzinekirche, templo en cuya cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.

—El caso es que mañana no podré volver—digo yo por contestar algo al fraile.

—¿Es usted francés?—balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.