—No señor; soy español.

Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura acariciadora.

—¡Ah, español!...

Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo.

—¡Español! ¡español!—repite en su francés balbuciente el hermoso capuchino.

Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.

De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:

—La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos.

Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus impresiones.

—Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy milagroso: el Cristo de... de...