Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes para que eche una mano á su memoria.
—No sé—murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia—. ¡Hay tantos allá!... ¡Tantos!...
El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota visión.
—¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos!
Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera, recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas; dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar, lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media.
El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa, hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc, pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra, que limpia y consume al envolvernos en su caricia.
La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte, se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio, que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de nuevas vidas.
Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente trágico.
Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes. Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.
La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España, después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años, mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.