El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación, por el momento, de su antigua rebeldía.
Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza. Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones políticas, y construyeron como gigantes.
El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de coronas.
El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.
—Esto se parece á la Alhambra—afirman con irresistible convicción los húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del palacio árabe más que alguna tarjeta postal.
Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente las cámaras del Alcázar de Sevilla.
Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena, los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos, prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la abandonada emperatriz de Austria para gritar: ¡Moriamo pro regem nostrum Maria Teresa!; pero éstos si desean morir por alguien, es por la independencia de Hungría.
El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más que asistir á las sesiones de su Parlamento.
Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional acometividad de la raza.
Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero «Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes mitológicos.