Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que aguardan á pie firme la contundente rociada.
Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas, se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.
EN ORIENTE
XV
Los Balkanes
El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro, y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.
En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitán del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante, imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no entendéis y que no os entiende.
Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.
Al apearme en la estación, gran extrañeza de los viajeros, todos los cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos servios que llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano, simples curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún extranjero se le ocurra detenerse en su capital.