Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa é inquieta granujería de vaporcitos moscas y botes automóviles, que parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el espacio.
Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos en distinta dirección.
La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno.
Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag, sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una orilla á otra; de vaporcillos moscas, que llevan en su popa banderas de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas; arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más que muy de tarde en tarde.
Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores suciedades.
Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el narghilé y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos de frutas.
Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.
Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y si desean tomar un barco siempre llegan tarde.
Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y mira como un misterio: la hora y la moneda.
En Constantinopla hay dos horas: la hora á la franca, que es la de los relojes de la Europa occidental, y la hora á la turca, que es por la que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio y del gobierno.