La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando nuestro reloj á la franca marca el mediodía, el turco dice tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después dirá que son las tres ó las cuatro.
No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la moneda trae mayores perjuicios.
En Turquía hay buena moneda y mala moneda, y según se recibe un pago en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay papel emitido por el gobierno otomano, llamado kaimé, que carece de valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio. Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.
En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y Moisés.
En Constantinopla, el que no lleva á mano moneda menuda, aunque guarde en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle pasar.
Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en medjidiés de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España. Después se os ofrece cambiar uno de los medjidiés, y el cambiador os entrega cuartos de medjidié, que son como las pesetas turcas, y se queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta costumbre cambia de golpe una pieza de oro en pequeña moneda, y tiene que ir con los bolsillos repletos de piastras y paras, monedas más pequeñas que botones de camisa.
La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó quince francos extraordinarios, según las piezas que toca durante el día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las ha tomado pierde dos ó tres francos.
La discusión con el compatriota que intenta estafaros, es interesante por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que acompañan á su castellano especial.
—Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá, como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.