Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que exigen el peaje: diez paras.
Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca, porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables dependencias.
No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota, donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.
Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo, con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano y para todo extranjero dependiente del gobierno.
El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla, saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás del galope.
Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales. Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta, y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones, que revelan su origen; el clero innumerable, de imanes, soffas y derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde, recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á cada cuenta la monótona alabanza á Alláh.
La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento, para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos callejones.
Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni apartarse.
En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres, abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público tiene que huir de sus fatales encontronazos.
Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada stambulina, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo kaiser. Son señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos, hermanos ó sobrinos del sultán.