Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital por un viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños y energías al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.

Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade á su despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la mañana, pues este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran madrugador.

Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña, varios escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que no es superflua en este país, donde han sido frecuentes los atentados contra el sultán y sus ministros.

El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores, que van de un lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos detalles que recuerdan á Turquía.

Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros visitantes que aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental, inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y erguido y la negra levita militarmente abrochada; imanes jóvenes, de luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran Visir viene á advertirnos que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes que á los demás visitantes. Estos aguardarán con su paciencia turca, que ignora el valor del tiempo y del número.

Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turquía, fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas: el Gran Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.

Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que parece un almacén de muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías, lámparas, cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos extranjeros al primer ministro turco, y que éste amontona en el salón destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de Europa, con su abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á recibir á los europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca.

Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres hombres están de pie, con levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro hombre, también de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al poderoso personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran Visir.

Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografía del Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de colores. Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto á una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar asiento el poderoso personaje.

Nada hay en él que recuerde Las mil y una noches. Ni su aspecto ni su habitación revelan el poder inmenso de que está investido. Parece un señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca del pantalón deja ver en el interior de éste una alta bota á la turca, unico detalle que desentona en su aspecto europeo.