Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en francés, con acento claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural, á la que acompañan los más nobles ademanes.

Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde hace nueve años, período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa, es un hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus maneras de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono, por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales.

Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á blanquear. Tendrá poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de combate, con les aletas anchas y palpitantes.

Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonríe y muestra interés por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si me es grata la estancia en ella.

Mientras él habla, yo le contemplo y evoco rápidamente su historia. Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido cerca de Italia y de Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué brillantísima. El futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus profundos estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á Constantinopla, entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez los primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político llamó la atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir.

Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitación, admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al gran personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su cráneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo recordar su nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?...

La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión más grave, la temblona majestad del imán que declama su plegaria, y dice así:

—De todos los pueblos con los que vive Turquía en excelentes relaciones de amistad, España es uno de los que amamos más sinceramente. Ningún mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cariño guiaron nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos que los une con sincera amistad.

Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía; pero de pronto cerró enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero entusiasmo:

—¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué fuerza para levantarse cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su enérgica voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles, revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de tantas caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y desarrolla sus riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme voluntad de vivir!...