Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos miraron en torno de él con cierta tristeza.

En el fondo de la habitación seguían en fila y de pie los tres subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.

El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza á hacerme preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un lejano país.

—¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora?

—Eso dicen, Alteza.

—Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos. Pero creo que á los españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más pelear por tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro ejército?

Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que el ejército lo dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como para recordar un nombre.

—Y Weyler, ¿qué hace ahora?

—Es un general como los otros.

—Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un hombre.