Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un buen arroz á la valenciana.

El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por la ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de marco al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la vecina costa de Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras embarcaciones, damas turcas, que sólo dejan ver encima de la borda su cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas esclavas negras, libres de velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas con chisporroteos de oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa temperatura estival.

—Verá usted en Constantinopla muchas cosas interesantes—dice el ministro de España—. Pero créame usted á mí, que llevo en esta tierra algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik.

El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su extensión, al dirigirme á la legación de España. Me quedaba por ver el Sélamlik, cosa difícil para la gran mayoría de los extranjeros, pues se necesita para ello la recomendación de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando se trata de favorecer á un compatriota, y á pesar de encontrarse un tanto enfermo, me acompañó en persona á la ceremonia palaciega.

Todos los viernes, al mediodía, el sultán va con gran pompa á hacer su plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es el único momento en que se deja ver públicamente.

Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la explosión de una máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el «Comendador de los Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad, ha dejado de presentarse en el Sélamlik.

Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que ha sido objeto de atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos temores ni le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los armenios que escriben desde París.

El sultán vive más allá de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión amurallada, como diez ó doce veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega á vapor, caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de caza y unos cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su residencia varias veces en una misma semana. Con una instalación tan completa se comprende que el majestuoso señor no sienta ningún deseo de visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran ciudad; pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer una visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas reliquias el manto y el estandarte del Profeta.

Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas, odaliscas y parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.

No por esto hay que suponer al sultán entregado á pecaminosas diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos, quiere saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas, Abdul-Hamid repite—según dicen—, con la certidumbre de la experiencia, que el hombre sólo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para no ser un esclavo.