Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil bocas, con la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector los carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil servidores hay que añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que forma un total de diez mil personas.

El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título de Alteza. En realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea siempre cierta confianza.

Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño personaje, y amigos influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he desistido. ¿Para qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la europea, con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo. Además, sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y llamar Alteza á este grotesco y triste personaje.

No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella». El día del Sélamlik los embajadores, que son en Turquía los personajes más respetados después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita Hamidié. Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores, después de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles ó comunicarles.

Cuando por algún asunto urgente entran los representantes diplomáticos en el interior del inmenso jardín, siempre los recibe Abdul Hamid en un palacio ó kiosco distinto.

Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á las fiestas de Las mil y una noches. El convidado se ve en un salón con gruesos candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta las argollas de las servilletas.

Casi siempre estos banquetes son de treinta ó cuarenta cubiertos; pero hace poco se dió en palacio una comida á la oficialidad de la flota inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de oro, tan completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie le faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto.

En Turquía, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo respeto.

Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultán, al darlas, regala las insignias en brillantes. Los maîtres que dirigen el servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y constelado de estrellas de diamantes. El Gran Señor condecora también á las damas turcas, hijas ó parientes de los pachás, y muchas de las encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo á visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas multicolores y estrellas y medias lunas de brillantes.

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