Estos pachás son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos, con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes, morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor; generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado.

El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emoción se manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de todo signo de vida.

En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidié aparece un hermoso imán, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende, como alas de murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plañidero y dulce, semejante á una saeta andaluza, rasga el denso silencio, descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.

Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras.

Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas é hijas del Padichá; en otros, sus tías; en los que rompen la marcha, las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del emperador. Lo mismo pueden llegar un día al trono, que morir desterrados en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas cortadas y unas tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio.

Al través de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen, para las damas turcas y las millonarias de América.

Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las armas. Un landeau sencillo, tirado por seis caballos de una belleza inexplicable, como sólo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza lentamente. Delante de él y á los lados marchan, en revuelta confusión, guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachás que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de palacio vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales y almirantes situados al paso se unen á este grupo que corre en torno del carruaje, oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por momentos.

Solo en el landeau, con la capota caída, se muestra el emperador, el hombre omnipotente, el Padichá, el Sultán, el Comendador de los Creyentes, rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de hombres.

Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los ojos hacia las ventanas y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono y su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de juventud. Este hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los de Las mil y una noches, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de Bagdad, la de las fantásticas riquezas, se muestra simplemente vestido de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo en su indumentaria.

Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la tropa.