Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de mazurca alegre; los gritos del imán llegan de lo alto durante las breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.
El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de espaldas al emperador.
Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta. El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de almirante, se sienta al lado de él.
El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia, se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de muchos miles de hombres.
Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al Padichá!»
No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones del turco vienen de adentro, de lo más hondo.
En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones.
Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como es, y así vivirá ó morirá.
El buen musulmán jamás discute á su soberano. El Padichá es algo más que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo. Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más religioso y resignado de los hombres.
Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:—¡Alláh lo ha querido!