Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados, tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre, queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en conmoción á la calle entera.
El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos, lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y horas sus heridas.
Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan. De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas. Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.
Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de sano aspecto.
Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos los perros serían carniceros.»
No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta de la tienda y hace tropezar á los parroquianos.
En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie. Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito.
Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches; la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.
Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna, Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa perfumada de un jardín lleno de ruiseñores.
¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal, regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes crueles é inexorables de esta república de los perros!...