Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto, asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese, como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía á Constantinopla.

Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.

¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub, que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad inferior... ¡Quién sabe!

XXIV
Los Derviches Danzantes

El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub, está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear, bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las llamadas Aguas Dulces de Europa.

De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros sudorosos, una esclava negra.

Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí. Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales, pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración.

Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las mujeres turcas.

Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.

Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en Constantinopla. Los viernes dan otra representación en pleno barrio de Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos. Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto por ejecutante.