Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez más fuerte; los darboukas repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez, que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la velocidad, y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto tiempo dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad, los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina nunca. La música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la música, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde centenares de monigotes mecánicos, con gorro rojo y cara de palo, se balancean impasibles á los sones de un cilindro de música.

El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo; luego se achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los ojos vidriosos tienen aún la locura del vértigo. Agítanse sus pechos como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero á pesar de esto todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la venia y reanudar la loca danza.

Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litúrgico, lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á adoptar el ritmo del sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á girar en el centro de la mezquita.

Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las fuerzas, la razón y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita, atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta.

El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y se retira también.

La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que la vieron desde pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del mundo aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al ver por vez primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia religiosa. La danza es seguramente un acto más elevado y menos material en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.

De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de los derviches danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las tradiciones otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que atrofia y envilece á la vieja Turquía.

Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo Comendador de los creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia á la Santa Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de Eyoub. El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la cintura del nuevo soberano, y Turquía entera aclama á su Padichá.

La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que guarda el misterio y el aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún cristiano ha pisado ni siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean sus patios y jardines.

Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí en unas callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos, coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.