Al final de un callejón vi una gran arcada con la verja abierta. Me aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una arcada; en último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la enormísima pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mármol; centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear del agua. En el último patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi desnudos, y permanecían acurrucadas viejas horribles, esperando una limosna.

Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de azulejos verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.

Apenas asomé mi cabeza, un zapethie, gendarme turco, vino hacia mí. Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras, chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡Giaour! ¡Giaour!» (¡Un cristiano!)

Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del patio solitario con sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria.

¿Qué habrá en el interior de la Santa Mezquita de Eyoub?...

XXV
El heredero de «Las mil y una noches»

La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos años dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla.

Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem. Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (lugar sagrado) es el departamento destinado á las mujeres.

Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el más asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión del mar de Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente la ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que oculta en sus revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.

En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrópolis de la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la emperatriz Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del imperio, las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria (conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos, monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde las vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas con escenas bíblicas sobre fondos de oro.