Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen dudar en el primer momento del valor del Tesoro.

—¡Todo mentira!—murmuran en nuestro interior la malicia y la desconfianza—. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser verdad.

Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se subleve ante lo enorme de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos á Oriente.

Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un trono para descansar en él con las piernas cruzadas, bajo y casi tan grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el siglo XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación de ruda pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riquísimos materiales, cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas, de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y hojas. La razón, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de su autenticidad, sólo se convence tras largo examen de la riqueza de este mueble.

En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano, dentro de la cual se sentaba el Padichá con las piernas cruzadas. De cada ángulo del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de inverosímil magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano y sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en nácar, y el centro de cada flor está formado de grandes cabujones de rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una cadena de oro que venía á caer sobre la cabeza del sultán. La cadena sostiene un corazón también de oro y de éste cuelga una esmeralda de forma irregular, pero de un tamaño inaudito, gruesa de cinco centímetros y grande como una mano abierta.

¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el pabellón del Tesoro se hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un camino.

Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina, donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo. Una de ellas pesa cerca de tres kilos.

Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectáculo de las riquezas amontonadas por el heredero de Las mil y una noches: armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de brillantes y esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos de menudas incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas Shadi y Ferdussi.

Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamaño, que es el de un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.

La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad en el siglo XVII, deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de mallas de oro con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la guarda y el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de la misma dimensión y de trece milímetros de grueso.