En una galería superior está lo más interesante del Tesoro: las vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes, desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió en 1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza, coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada turbante está rematado por un penacho sujeto con un joyel magnífico, y en la faja de todo maniquí luce un puñal, que es obra maestra de cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los hay que parecen trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga está formada de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes: dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo.
La profusión de pedrerías sobre las armas y en los penachos de los turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos ramilletes de plumas, está formado de dos esmeraldas y un rubí, que tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de brocado magnífico, tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga lo que el cetro para los monarcas de Occidente.
La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza, cubiertos de las mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del golfo Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la cristiandad, en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo del Vicario de Cristo.
La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio, queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes.
«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica quedaba en suspenso, y las naves mercantes de Venecia, Génova y España convertíanse en barcos guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro del enemigo en los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejércitos, y el continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin saber ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á seguir existiendo.
Los hechos que en la historia parecen más lejanos y faltos de relación, están unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los sultanes de Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa entera á la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte europeo seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran sacerdote de Roma.
Los reyes católicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), á instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á sangre y fuego en Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores germánicos partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes habían sido vencidos los provenzales heréticos y los húngaros entusiastas de Huss. Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos europeos, á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el hogar de la herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y el grito pavoroso corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!»
La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para salir del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras del centro de Europa, ya no bajó más, era tarde para el catolicismo romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la pérdida de media Europa.
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Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una borrachera de riquezas. Dentro del pabellón vetusto se pierde la noción del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectáculo ordinario, experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda miseria que existe fuera del pabellón.