Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir del Hasné. En los primeras momentos me extraña que los fusiles de los soldados formados junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las túnicas que quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada de esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y ruedan en un tazón al final del patio.

Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo ambiente, como el que pasa de un salón iluminado con vivas luces á una callejuela lóbrega. ¡Adiós, esplendores absurdos, riquezas turbadoras é inauditas de Las mil y una noches, que quedáis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras la venerable puerta de cedro que vuelven á cerrar los gnomos de barbilla blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el recuerdo me llevo de vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate parisién de la rue de la Paix que me haga detener el paso con asombro, y que sonreiré como hombre que está en el secreto cuando en noches de gala vea en la Grande Opera ó en el Real de Madrid el desfile de la centelleante pedrería sobre los hombros desnudos.

En el centro del patio del Tesoro vemos el Kafess, un kiosco enrejado, una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á los hermanos de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de Estado, que así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con amenazas de rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para ellos una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.

Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del Trono, el famoso Diván. Aquí recibían los sultanes á los embajadores de la cristiandad, bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la sala está el trono, en forma de diván, lecho enorme con un toldo de viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras preciosas. Existe una ventana enrejada junto al Diván, y tras ella escuchaba el Padichá á los embajadores, que ocupaban una pieza inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en continuo miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados extranjeros, á los que apenas conocían.

Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán, apenas comenzada la entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua ensordecía y apagaba la conversación para que no la oyesen los familiares de los dos séquitos.

¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder, y semejantes en sus bromas terribles á los emperadores romanos de la decadencia!...

Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV, fué admitido como gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie ante el diván en el que estaba tendido el Padichá.

—Mira lo que tienes al lado—dijo el déspota sonriendo, con una malicia infantil en la mirada.

El embajador miró á la derecha, miró á la izquierda, y sin la más leve emoción, continuó el discurso, exagerando más aún su actitud rígida y tranquila.

Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la melena alborotada contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso y mirando á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre él. El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió dejando aturdidos á todos con su serenidad.