Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía sobreponerse á las terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de la embajada, cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresuró á despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas, que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á la lavandera, para entregarla su ropa interior.
XXVI
Santa Sofía
Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia» (la famosa Santa Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y aspirando el perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de comprar á un mercader sirio.
Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de caballería que ha viajado por toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los oficiales del cuarto militar del emperador.
¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos los viajeros que han visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como las demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos, habituados á la vida de los desiertos arenales, que no entienden de relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á Constantinopla á visitar al Padichá, y al entrar en la más famosa de las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un lado á otro hablando fuerte y con el Baedeker en la mano.
Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán, para dar gusto á los revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los infieles, y yo tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y gestiones casi diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de Constantinopla sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que escasean los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude entrar en la antigua basílica.
Sentados en un cafetucho del patio, junto á las fuentes de abluciones, que chorrean incesantemente, aguardamos á que un servidor del templo nos avisase el momento más propicio para la visita, después de la salida de ciertos devotos rezagados y antes que los muezines se asomaran á los balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la oración de la tarde.
Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No todos los días puede pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas bóvedas que cuentan catorce siglos de antigüedad.
Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida cúpula, agujereada por estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones, sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lámparas, los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana, son conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el más antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón del arte bizantino.
La luz que penetra por las ventanas de la cúpula toma una densidad amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este tono suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros alargados, destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro.