Es el único vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas, las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha caído en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro ángeles pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que el arte turco ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los ángeles son convencionales. Cada uno de ellos está representado por cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir más allá.
Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al crepitar de las lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices eclesiásticos, que, encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria suras enteras del Korán, mientras un efebo, con el libro entre las piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más leve olvido. Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos, aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden hasta las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración, posándose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies limpios, para que después el buen creyente, al prosternarse, pueda besarla sin contagio alguno.
Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extrañeza alguna. Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo cuando se avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se da cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son troncos enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan mágicamente, como si el templo fuese creciendo y estirándose á cada paso que se avanza.
La antigua basílica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da una impresión dulce, de suave ligereza.
Su historia es tan accidentada como la de una nación.
Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de este nombre, como muchos creen. Sancta Sophia es una invocación á la Santa Sabiduría, y en honor de la Sabiduría divina elevó Constantino la primera basílica, en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien años después la quemó el populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan Crisóstomo. Teodosio II la volvió á construir, y en 532 la incendió de nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino por una cuestión de Circo, el motín de los Victoriatos, en los primeros tiempos de Justiniano.
Fué este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora, mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo, quien creó el monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos.
Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á la Santa Sabiduría fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de la creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo recoger los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas. Los monumentos de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que había robado del templo del Sol en Heliópolis, é igualmente fueron puestos á contribución los santuarios de Atenas, Delos, Cizica é Isis y Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la época, Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la dirección de los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso, propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del monumento con el dinero necesario para construirlo.
Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron á la vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor, que llegó á adquirir la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los alfareros de Rodas hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan ligera, que doce de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me socorrerá.»
La construcción fué una mezcla de esfuerzos arquitectónicos y ceremonias religiosas. Los sacerdotes bendecían los materiales, acompañaban con plegarias la erección de cada columna, y al elevarse los muros, los albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.