Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectónico, y Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los medios más criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina, y de pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de disputas teológicas, Justiniano inauguró el monumento.

—¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!—gritó al entrar—. ¡He vencido á Salomón!

Catorce días duraron las plegarias, los festines públicos y las distribuciones de dinero.

La Santa Sapiencia vivió siglos en una relativa tranquilidad, sin otros accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se sacaban los ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo era igual al Padre, y otras sutilezas teológicas, que tomaron el carácter de verdaderos programas políticos.

El día que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de mil años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el altar mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y Mohamed es su Profeta.»

¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre cristiana, y el saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días.

En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz, desapareciendo por una puertecilla practicada en una de las galerías. Inmediatamente la puerta se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo distinguir del resto del muro. El día que Santa Sofía sea devuelta al culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volverá á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su misa interrumpida.

Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego, verídico y creyente, que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más rápido y seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.

Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es una leyenda; pero Stellio se ríe de su ignorancia.

Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin haber visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.