XXVII
El Papa griego
El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio después de la conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos.
Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes después de la derrota, ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de su imperio siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria.
La fama de los comerciantes fanariotas ha sido universal. Durante siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este barrio del Fanar. Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la cristiandad, dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y el fanariota fué el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y prestamista de sus señores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido durante siglos una Venecia, una Génova, de poderoso movimiento comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de Oriente y en todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los edificios del Fanar—palacios obscuros con balcones bajos, que casi se tocan con la cabeza—, veíase cortado incesantemente por las galeras que llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los puertos de Nápoles y Marsella.
Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á sus muelles no se ven más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al otro lado del brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos que sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las innumerables construcciones del Arsenal. Mas los fanariotas aun viven tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á trasladar sus oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y negra actividad de un puerto de nuestros días.
Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo de un título de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen viviendo las familias de estos griegos, más griegos que los que habitan Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en línea recta á los tiempos gloriosos del imperio bizantino.
El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar. Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la pequeña nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo en ella como un huevo del que resurgirá un pasado glorioso.
¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la Macedonia, se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos, y la antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de Santa Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y enardecidos por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos llenas en empresas patrióticas.
Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía, las guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años, que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles, y la agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo campo de combate, todo es obra del dinero fanariota, que corre pródigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de Constantinopla es un buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por crear á éste en el exterior toda clase de conflictos.
No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á la guerra contra el país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo más que las armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los fanariotas hasta el punto de que en Grecia es insignificante la instrucción pública costeada por el gobierno, en comparación con la que sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su país. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables escuelas del archipiélago, grandes universidades, valiosas bibliotecas se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida explotando á turcos y cristianos y dando las más fieles muestras de adhesión al sultán que aborrecen.