Además, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante á lo que es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber, donde alza la basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la piedra las innumerables ventanas del Vaticano.

En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.

Este representante de Dios es un personaje poderosísimo, un sacro pastor que extiende su cayado de oro sobre millones de místicas ovejas. Si el Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la antigua América española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como él. Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos de la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque autónoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontífice que vive en el barrio del Fanar y una vez al año bendice toneladas y toneladas de aceite, convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y popes de sus Estados.

El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo, que á la vez lo es mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza de su trato y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de mí á Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del Patriarcado.

Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en la cumbre de una colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.

Su Santidad es después del Gran Imán el primer funcionario religioso del Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en las mejores relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la existencia y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo mismo que en Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo. Además, Su Santidad recibe del sultán una paga enorme, uno de esos sueldos inauditos que sólo puede concebir la prodigalidad de un soberano oriental.

Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como el sultán al dar. Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre teólogo en una universidad de Grecia, y su enorme asignación la devora el populacho del Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno del Patriarcado.

Entramos en éste por una puerta lateral. El arco del centro está cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las grandes conmemoraciones religiosas.

En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes á los piratas antiguos del archipiélago, y popes jovencitos que deben ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de imágenes bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y lóbrega envuelta en una gasa fúnebre que pende sobre los hombros y la cruz de oro destacándose sobre el pecho negro.

Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitación un pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos invitándonos á entrar.