Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrás la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se escapan de su alto gorro, semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresión de fuerza y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez ósea de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguileña, es sin embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más leve desviación. Los ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de luz en su negra intensidad.
Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la sotana del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II.
Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que hace mi presentación.
—¡Ah, Blascos!—dice el Patriarca con una voz sonora de barítono, al mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que avance—. ¡Blascos Ibañides!...
Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la existencia no oyendo otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los soberanos, de los grandes personajes que fingen conocer á todos los que llegan y parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de coloso, me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y él vuelve al sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes.
La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada con cristales. Al través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y más allá de los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan la sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas.
El Patriarca está sentado de espaldas á los cristales, con el cuerpo en la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven pequeño, vestido como un gentleman, el monóculo brillante sobre el rostro afeitado y el pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandós que caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado país.
Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para mí, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francés:
—Su Santidad está muy contento de verle, y dice que le es usted simpático... Además le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.
—Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.