Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirándonos, como es de buen tono en toda visita oriental, donde la conversación animada no surge más que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café.

El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de marino que ordena una maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda visita.

El café no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á repetir que vive pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe ni fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal, formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano convento, ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en algún ruinoso palacio del Fanar.

El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado. Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su sillón, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monóculo, sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla el griego y el turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á un español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á continuación le comunicará en griego lo que yo responda.

—Puede preguntar Su Santidad lo que guste.

Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con un ímpetu de orador tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en los que abundan las armoniosas onomatopeyas.

Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la traducción, acompañándola de fina sonrisa.

—Su Santidad dice que siente muchísimo las desgracias de España; que durante la guerra con América, dedicó muchas veces sus oraciones á vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en vuestro país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas.

La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un poco.

—Dígale á Su Santidad que no hay para qué lamentarse de lo pasado; que en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un siglo casi toda la América, no había razón para conservar unas cuantas islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.