El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rápida penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción, él se adelanta completando las ideas.

Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la mediación del elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.

Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de Homero, como todo griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de España. Hace muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope dedicado á enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un drama de un señor que se llamaba... se llamaba...

Y el patriarca y el diplomático se consultan con la mirada, al mismo tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á completarlo en sus dudas.

—Echegaray—digo yo, adivinando sus balbuceos.

Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez que asistió al teatro el austero sacerdote.

—¿Vive aún monsieur Echegaray?—pregunta Su Santidad con gran interés por mediación del secretario.

—Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa.

Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores, con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda del magno suceso durante toda su vida.

El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos.