—Su Santidad pregunta qué opina usted sobre esto—dice el secretario.
—Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas tienen por protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á expresarse como el Aquiles homérico.
El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar en sus ojos que piensa todo lo contrario.
La conversación languidece y yo me preparo á marcharme. Llevo más de media hora con Su Santidad é indudablemente muchos fieles de importancia aguardan en la antesala.
El Pontífice de Constantinopla es un Papa constitucional. Ni es infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe. Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo, compuesto de eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo.
Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II emprende una larga arenga dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra democraticón. El Patriarca parece poner un gran interés en lo que dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla gravemente.
—Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes son muy respetados, si la religión tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democráticos como en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores.
Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al buen Patriarca?... Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de decirle la verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa ignorancia de este sacerdote, que ya no volverá á acordarse de España y jamás podrá influir en nuestra suerte?...
—Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos democráticos ni nada de esas pestes modernas que como él dice hacen la infelicidad de los pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son veneradísimos; todos los españoles somos católicos...
Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy bien.»