—Su Santidad—añade el diplomático al poco rato—dice que se alegra muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un inmenso consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen camino.

Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.

—¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...

No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas contrae las ondas de nieve de su barba.

Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.

Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se llamen á engaño habrá ganancia para todos.


Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest. Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso.

Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al Patriarca.

Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical, recomendándome de nuevo en sus oraciones.