Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.
En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no salir de él sin la correspondiente bendición.
XXVIII
Turcas y eunucos
Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las mismas preguntas:
—¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos?
¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios, frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras; gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é inabordable como las mujeres.
Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz, apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con las pasiones de sus súbditas.
El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus pachás.
Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera, contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...
Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.