Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem. Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre tienen varias esposas.
Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem.
Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre la frente con entera comodidad.
En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos, que poco más ó menos dicen así:
Nada iguala
la astucia de la dama.
El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde de patriotismo!...
Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.
Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán en el Sélamlik.
Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á pesar de que viven bajo el mismo techo.
La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan. Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que viven junto á él.