El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen. Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil, siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una saña de hermanos, cada uno de distinta madre.
Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías.
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La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.
Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación, desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los valses melancólicos de Chopín ó el último couplet de moda en París, y cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan acuarelas con palomos, flores ó barquitos.
Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una muchacha de París ó Londres!...
—Sabemos francés, sabemos inglés—dicen á la vieja confidente—. Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad... para hablar con los hombres.
Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz, abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran calle de Pera.
Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca admira á la duquesa rubia y espiritual, que en cada capítulo luce un traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va cautelosa al estudio ó á la garçonniére de su nuevo ídolo, cubierta con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos velo de adulterio); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y lacrimosos.