Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara! ¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...

La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los giaoures.

—¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!

Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas fugas.

Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con reconcentrado odio contra la tiranía masculina.

Era una parienta del sultán fugada del harem imperial.

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En Turquía todavía existe la venta de esclavas.

Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos, enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad, que fuman su narghilé exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y los cofrecitos repletos de piedras preciosas.

Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares. Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes, invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros montañeses de la Georgia.