Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención alguna de los representantes de la ley.

Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas.

Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de Constantinopla y de todos los vilayetos de Turquía, sino que mantienen negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias.

Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo esclavas.

Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían según los méritos del género.

Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca, firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.

Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con inquietos remos, cuesta mucho más.

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Los eunucos son más caros.

En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna persona rica puede pasarse sin ellos.