En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra, aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto. Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos resplandores y gesticulantes sombras.
El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso, avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.
Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó con uno solo.
Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.
Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los precios.
En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para estos infelices negros, lúgubres mamarrachos, enormes como colosos, de rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al chasquido de una caña que se rompe.
Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la angélica voz de los cantores del Papa.
Pero algo quedaba en ellos, después de la monda, que constituía un motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer, ociosa y triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece los más refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar, las malditas pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la prole del señor, pero faltando á la fidelidad descaradamente en el sagrado del hogar.
Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada perdonan, echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso, en la que no queda el más leve rastro de frutos humanos.
La espeluznante operación la realizan los crueles fabricantes en negros de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado semanas y meses, entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma.