El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta amputación.

Por esto los que quedan son personajes poseídos de su importancia, influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo mismo que una tiple que se considera indispensable y precisa.

XXIX
Los derviches aulladores

En la orilla asiática de Constantinopla, entre el barrio puramente turco de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el cementerio que lleva el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos funerarios y sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat, donde todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa los derviches aulladores.

Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa. Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de madera, y desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán, y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una panoplia de armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas, cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de clavos.

Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con las piernas cruzadas, el imán, el gran sacerdote de los derviches aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de los que se tienen por descendientes del Profeta.

Este imán es un árabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder de hacer milagros, por ser el hombre más hermoso de Constantinopla. No he visto tipo más perfecto de la belleza semita. De regular estatura, parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su cuerpo enjuto y ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los tejidos indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante, entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La nariz, aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de color de tabaco en sus córneas, que hace resaltar el fuego de las luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arábigos, un pirata del mar de arena, un caballero andante de las soledades asiáticas, majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y vive en la civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos.

Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita contemplan con admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la piel de cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la cofradía más fanática de Constantinopla, es un hombre enterado, sin ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado inteligente para creer en tales cosas. Un día, hablando de él con Constans, el embajador de Francia, éste rompió á reir, con la irreverencia de un viejo republicano:

—Le conozco mucho. Un blagueur. Lo que ustedes llaman un guasón. Un hombre inteligente que se amolda á las circunstancias.

Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los suyos, no teniendo fe en los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin creer en ellas.