Frente á él están los derviches, formados en fila, llevando sobre la cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de fieltro, semejante á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.
Todos ellos repiten á coro una especie de letanía monótona, y balancean su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta sobre los hombros, doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivén continuo, acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la escuela, acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si fuesen á romperse.
«¡La Ilah il Allah!», cantan los derviches con un furor creciente, extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el gran sacerdote los contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de sus acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el curso de la oración.
Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino, los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y á otro, con monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño. Los derviches empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se corta con gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á los espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos en que parece que van á saltar las barandillas para morder á los occidentales curiosos, agrupados detrás de ellas.
De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la caída de un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos, que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este negro, que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡Allah hou!... Y en la crispación de su rostro lustroso, en su mirada completamente blanca, hay algo de éxtasis, como si contemplase á su Dios asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en cuyas aberturas aguardan las huríes de redondas formas y húmedos ojos á los guerreros fieles del Profeta.
Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas, ocultando los ojos en el pañuelo, sintiendo que ellas también van á desplomarse á impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.
Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de otro mundo.
Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar aliento en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si durmiesen, son sacados á brazos.
Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante el imán, esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios más apartados de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la mezquita de los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta, venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con el soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben desde el sultán hasta el último hamal de los muelles del Cuerno de Oro.
Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El hermoso imán se yergue despojándose de las babuchas, y apoyado en uno de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones de las criaturas. Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así parece imposible que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de los pequeños!...