Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujándose, como criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las cuales el viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior. Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo imán... con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él, implorando la huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados y marineros.
Cerca de mí está sentado un joven turco, elegantemente vestido á la europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán inglés á rayas. El fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. ¡Cómo reirá este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!...
El imán, ocupado en marchar sobre los riñones de los fieles, lanza rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se adivina cierta agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en una pieza aparte.
Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á hacer su oración ante el Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo. Es el joven turco vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se arrodilla compungido, brillantes de fe los audaces ojos.
El imán escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta confesión de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus riñones con la calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir de consuelo.
XXX
Libertad religiosa
En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en Constantinopla.
Los que confunden á todos los mahometanos en un concepto común, y creen que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco, se extrañarán de esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En Constantinopla viven todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano, todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran imán y retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de adeptos que cada religión cuenta en sus Estados.
Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos.
Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre á un pachá católico, por ser ésta la religión de los pobladores de dicha provincia; si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al archipiélago, designa á un pachá griego; y así hace en los demás vilayetos de su vasto imperio.