Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á sus imanes no se les ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian al renegado, y miran con inquietud al hombre que cambia de religión, aunque sea para abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder político, la dominación conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan á su autoridad y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.
Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.
—Están equivocados—dice el viejo turco con superioridad bondadosa—. No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros.
Los turcos sólo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al persa, musulmán que es para ellos un conjunto de todas las herejías y abominaciones: lo que el protestante para un católico rancio.
Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chiíta, que creen en el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio irreductible al buen turco.
—¡Esos perros!—exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado, cubierto con gorro de astracán—. Los giaoures (los cristianos) no son culpables de sus errores. Siguen la religión que les enseñaron sus padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de ella!...
Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre popularísimas en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes potencias y el llamado «equilibrio de las naciones», hace tiempo que el ejército del Padichá habría entrado vencedor en los palacios de Teherán.
Pero á pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en Constantinopla de una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma—cuaresma asiática, sanguinaria y salvaje—, los fieles se reunen públicamente para entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se atraviesan las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos, con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que castiga á los enemigos con tales errores y locuras.
En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus derechos cuando intentan salir á la vía pública.
En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la calle de las religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses, el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra inglesa. El paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal túmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y alumbrados por tenues lámparas; más allá un patio con claustros y una cruz en medio, á la sombra de árboles seculares: y al mismo tiempo que suena la campana del templo católico, se escapa por ciertas ventanas el coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jesús libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido monótono de flautas y tamboriles que acompaña el baile de los derviches.