De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla de Jesuhá como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de historia y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo, que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque al final cada uno tomó distinta dirección.
En Constantinopla es popular la anécdota de un soldado turco, que entró en un templo católico durante la Semana Santa.
El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo más salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de las armas pesa únicamente sobre los otomanos musulmanes, y como á Turquía le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de reclutas extraídos de las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras provincias. Son mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y ojos inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en contemplaciones, mantienen á estos soldados semibárbaros en una subordinación automática. Sólo así, bajo las amenazas del castigo, pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo interior dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las calles de Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad feroz, excitados por la privación en el seno de una sociedad que mantiene recluídas á las hembras, y hacía sufrir á los hombres odiosos ultrajes, más que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de rebeldía, aun se permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza oriental y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso de todas las señoras vestidas á la europea.
Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un regimiento. Cuando los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan á su gente quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes.
Este salvaje, disciplinado y uniformado á la alemana, es de una credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes. Deslumbrado por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro, surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el Padichá el monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no quiere darse el trabajo de funcionar.
Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el traje sombrío de los fieles.
Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.
—¿Quién es ese?—preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en rico lecho, cerca del altar mayor.
—Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo de Mohamed, el hijo de María.
El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza.