—¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco—dijo al fin, con la concisión del idioma turco.

Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en las heridas sangrientas.

—¿Lo han matado?—preguntó.

—Sí; lo han matado.

—¿Quiénes?...

—Los judíos.

El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia. ¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata! ¿Quiénes otros podían ser?...

—¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?

El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso aumentar aun más su estupefacción.

—Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios. Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.